¿La abstención deslegitima el sistema?

¿La abstención deslegitima el sistema? Bien, vamos a ver qué es el sistema, qué es la abstención y qué efectos puede producir. Voy a ser muy breve, esto no da para una tesis.

9. abstencionUna poliarquía es una forma de gobierno basada en la alternancia de las distintas fuerzas políticas. Sus ventajas son obvias: legitimación y estabilidad. Legitimación porque se basa en todas las fuerzas o sectores sociales ya que, en principio, todos los sectores están en igualdad de condiciones para acceder a las instituciones del Estado, con lo que podrán, en función de su proporción, dictar las leyes (el Parlamento) y aplicarlas (el Gobierno). La estabilidad viene dada porque aquellos sectores que eventualmente se vean excluidos de este campo de acción saben que, en caso de colisión de intereses, es de justicia que los sectores mayoritarios impongan su voluntad y, sobre todo, que en la próxima oportunidad podrían ser ellos los afortunados, por lo que el sistema no ofrece motivos para intentar la toma del poder por otros medios más expeditivos. Esto proporciona también el efecto añadido de que el ciudadano medio interiorice la norma, es decir, que la acate voluntariamente por considerar que ha sido dictada por una mayoría y que, aunque crea que es inicua, la seguirá acatando igualmente de forma voluntaria porque sabe que un cambio en el equilibrio de fuerzas podrá conllevar que la norma no deseada sea derogada y sustituida por otra más acorde con sus valores. De esta manera, siempre en pincipio, en raras ocasiones es necesaria la puesta en marcha del aparato coactivo del Estado para imponerla por la fuerza.

Aún así, es imposible que todos los individuos se sientan tentados a participar en el proceso electoral, sobre todo en las complejas sociedades modernas. Los motivos por los que un ciudadano se abstiene de ejercer su derecho al voto (no que se abstenga del derecho, no confundamos), pueden ser muchos y variados. Fácilmente podríamos agruparlos en cuatro categorías:

1) Los que están desmotivados porque consideran que su participación repercute de forma ínfima en el resultado.
2) Los que creen que sus aspiraciones nunca se verán satisfechas, dado que sus opiniones están demasiado alejadas de las de sus conciudadanos.
3) Los que no creen en los valores de la poliarquía y desean otra forma de organización política.
4) Los que, aún creyendo en los valores de la poliarquía como concepto abstracto, en esa en concreto que les ha tocado vivir no es digna de tal nombre, ya que ven falseados los valores que creen ideales o el modo en que las fuerzas políticas se reparten la cuota en la toma de decisiones.

Por supuesto, hay individuos en zonas intermedias o que podrían entrar en más de una de las categorías mencionadas. Con todo ello, en situaciones de normalidad este conjunto de ciudadanos son una minoría. Una parte de sus miembros, a nivel individual, pueden representar un problema en la medida en que son elementos que no interiorizan la norma, obedecen las leyes por las consecuencias que les traería la comisión de un ilícito, pero no porque consideren justa la Ley. A nivel colectivo, y con la excepción de grupos organizados, no plantean un peligro serio porque son incapaces de arrastar al resto de la ciudadanía a que compartan sus aspiraciones y den la espalda al sistema. Es más, la poliarquía sale reforzada con su presencia porque así es percibida como tolerante.

Pero, si en un corto espacio de tiempo se dispara la cifra, saltan las alarmas. Si debido a un detonante cualquiera, el porcentaje de abstenciones registra una súbita subida, la organización política entra en crisis: se vuelve inestable. El primer efecto sobre las cúpulas es que vuelen conscientes de la gravedad de la situación, ya que no es normal que “sus” fieles dejen de serlo masivamente de un día para otro. Entenderían mejor un vuelco hacia otra formación rival, ya que esto significaría sólo desapego a su forma de proceder y buscan cobijo en otras opciones. El sistema seguiría a salvo.

Pero, si han migrado hacia la abstención, ya no es que estén cuestionando la política de una formación concreta, sino las reglas de juego o la poliarquía misma. Esto significa deslegitimación, ya que la poliarquía se legitima por la aceptación de los ciudadanos que, como se ha dicho, la consideran como el mejor (o, el menos malo) de los sistemas políticos posibles y no se habían planteado ni siquiera una alternativa.

En cualquier caso, si estamos hablando de un número suficiente de nuevos abstencionistas, es que, igual que ahora han optado por apartarse del sistema, en la siguiente convocatoria podrían hacerlo por algún rival, con lo que tendría que tener sumo cuidado con todas las medidas que adopte, con el objeto de atraerse de nuevo a los desertores y, sobre todo, no cometer errores que los aleje aún más y, de paso, nuevos elementos se sumen a sus filas. Esto sería un mal menor: la poliarquía estaría a salvo aunque su formación se viera despojada del privilegio de dirigir a la sociedad.

Un segundo efecto es que la mayoría de estos desertores del sistema, en su mayoría, pueden estar tentados, al igual que algunos de los estructurales, de desobedecer a la norma, ya que podemos presumir que . Sólo la presencia del aparato coactivo del Estado puede frenarles, con lo que existe un riesgo real de que aparezca el fenómeno conocido como “desobediencia civil” de forma masiva.

Pero, el verdadero problema es que la mayoría de los conversos van a parar a los grupos 3 y 4. El riesgo que supone el grupo 3 está claro, no hace falta tener mucha imaginación. Aunque, por sentido común, tenemos razones para creer que la mayoría migrarán hacia el grupo 4. Este grupo, como sabemos, desea una poliarquía, pero no “esa pseudopoliarquía” con la que intentan embaucarles. Su objetivo sería un cambio profundo en las estructuras del sistema social al que han decidido dar la espalda. No es lógico que para ello empleen métodos violentos, su deseo no es destruir la poliarquía, sino que suelte lastre y se convierta en lo que siempre creyeron que fue hasta que los defraudó: una poliarquía real.

Mientras estaban integrados en alguna de las opciones que siguen las reglas, eran adversarios irreconciliables de los miembros del grupo 3. Ahora, la situación da un vuelco y (recordemos, ningún grupo, a excepción quizá del 3º, es homogéneo), y se vuelven más tolerantes o incluso cómplices hacia ese grupo que, por otra parte, ha podido ver engrosadas sus filas, con lo que pueden sentirse crecidos, capaces de emprender objetivos más ambiciosos.

El escenario no puede ser más desolador, políticamente hablando: deslegitimidad e inestabilidad.

En el plano internacional, el panorama se ve reflejado: los líderes de otros países no sentirán mucha confianza en su colega que está sentado en un barril de pólvora. Los flujos de dinero sólo circularán en un sentido: el de salida. Y los comerciantes (tanto compradores como vendedores) mirarán con lupa los contratos y transacciones que efectúen con sus homólogos del país en cuestión.

El líder ocasional, si llega a tomar conciencia de su protagonismo en las causas de la catástrofe, comenzará a dar marcha atrás en las decisiones que le han llevado a esa situación. Y no nos engañemos, a poco que sus medidas sean reales, un buen número de neófitos antisistema desistirá de su conducta y estará preparado para volver al redil en los siguientes comicios, con lo que los que se mantengan firmes en su postura se verán incapaces de alcanzar sus objetivos.

Pero, una cosa es cierta: la deslegitimación y la desestabilización y sus consecuencias habrán sido un hecho.

Saludos.

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