El complejo Yoko Ono

En el albor del siglo XXI debería resultar sorprendente que un medio de prestigio (especialmente la prensa escrita, con capacidad para repasar el contenido y sin espacio para la imprisación) juzgue la eficiencia y la calidad profesional y humana de las personas en base a un dato tan baladí como el género sexual.

Es evidente que las diferencias de género no tienen ninguna influencia sobre la capacidad de una persona a la hora de realizar un trabajo, máxime cuando hablamos del ámbito político, donde las diferencias mínimas (y hablamos de generalizaciones que jamás aplican en casos particulares ni predicen cualidades) existentes en factores como la empatía situacional y emocional juegan, de hecho, a favor de la llamada feminización de la política que Podemos está llevando a cabo, al incluir una mayoría de mujeres en su nueva ejecutiva. Todos los estudios de psicología desde la perspectiva de género arrojan una y otra vez los mismos datos, que el sistema imperante, orientado a la competitividad y la acumulación de poder, se niega a reconocer: los estudios a gran escala, los estudios longitudinales y la psiconeurología comparada, no muestran diferencias significativas. Es más, las existentes correlacionan de forma tan débil con el género sexual que no puede existir una extrapolación estadística a casos particulares. Y, por último, las propias diferencias no son, en ningún caso, negativas hacia ninguno de los géneros sexuales. La mayor parte de las diferencias tienen un cáriz cultural, no innato, lo que es lógico en una sociedad patriarcal que oprime a las mujeres y en la que el desarrollo profesional se centra en características propias de los arquetipos masculinos menos deseables: agresividad, competitividad…

Existe un contexto psicológico, cultural y político-organizativo en el que el papel de la mujer en los puestos de poder es residual frente a la presencia de los hombres, tanto en empresa privada, como en el ámbito de la cultura o de la política. En este contexto se desincentiva la participación de la mujer al adjudicarle la construcción social un rol de género en el que es sujeto pasivo, y no activo.

Cuando una mujer rompe la barrera, es juzgada con el estilo de liderazgo típicamente masculino, en desuso en los propios estilos de liderazgo de la psicología actual. El liderazgo deseable, no orientado únicamente a la tarea, sino a la creación de sinergias de equipo, se obvia cuando se establecen criterios de juicio en el caso de las mujeres, mientras que se aplica a los hombres. Así, un liderazgo flexible y orientado al equipo, se considera deseable en un hombre, aplicando adjetivos con una valoración positiva, como “flexibilidad”, “capacidad de adaptación”, “líder empático”, “líder democrático”… mientras que en el caso de la mujer, en la misma situación de capacidad o competencia, se utilizan calificativos negativos, como “cede con facilidad”, “demasiado emocional”… llegando a aplicar de forma despreciativa la propia condición femenina.

Cuando una mujer tiene un liderazgo orientado a la tarea, la norma social del juicio machista actúa de una forma similar. Frente a adjetivos como “enérgico” o “resolutivo”, las mujeres reciben, de nuevo en la misma situación y tipo de liderazgo, los calificativos de “tirana”, “arpía”, “ambiciosa”, perpetuándose así la profecía autocumplida. Si una mujer demuestra capacidad, el juicio emitido es concordante con los estereotipos de género, eliminando la disonancia cognitiva producida entre la predicción basada en prejuicios (no vale para ser jefa) y la situación real en la que demuestra valía. La disonancia cognitiva surge precisamente al establecerse una predicción errónea. En lugar de aprender a eliminar los estereotipos inútiles de género, existe una reafirmación en el propio juicio de valor inicial para hacer ver que la predicción ha sido acertada.

En los últimos años hemos vivido un auge del movimiento feminista que ha sufrido ataques de los frentes más conservadores (y a veces no tanto), que han utilizado una estrategia de desgaste. Primero, culpar de los males del sistema liberal a la liberación de la mujer. Se señala como culpable de las carencias educativas de la juventud a la apertura del modelo de familia tradicional y la incorporación de la mujer al mercado laboral, olvidando que vivimos en un sistema que niega la conciliación familiar y establece horarios que impiden tener vida personal. Tampoco se dice nada sobre las cifras de desempleo y paro en las mujeres, o sobre la realidad histórica que negaba a una mujer el derecho sobre su propio cuerpo o las relaciones de pareja.

La realidad es que hemos vivido un sistema organizativo y familiar opresor que obligaba al conjunto de las mujeres a vivir sometidas al reinado del patriarcado. Incluso a día de hoy vemos críticas hipócritas y con un doble rasero. Un hombre que se divorcia está ante “una nueva oportunidad” y de una mujer que se divorcia se dice que es por “crisis de edad”. De nuevo, un constructo social que mide con diferente rasero la misma situación, siempre en contra de las mujeres. Otro caso similar es aquél en el que el éxito o la contribución de una mujer al mismo es visto como fruto del azar o de la intervención de otra persona o del contexto, el llamado “locus de control externo”. El locus de control puede ser interno (yo soy causante de, yo he logrado X) o externo (azar, contexto o la intervención de otros). En el caso del juicio hacia las mujeres, la atribución del éxito suele referirse al locus de control externo (tuvo suerte, tiene un gran equipo, lo tenía hecho) y la atribución de los fracasos suele realizarse por procesos de locus de control interno (fue culpa suya, no es competente). Este tipo de atribuciones suele generar un marco de creencias que termina por extenderse incluso en el género femenino, haciendo que una mujer en las mismas condiciones emita un juicio propio ajustado a la norma social, es decir, atribuyéndose los fracasos mediante un proceso de locus de control interno, y realizando una atribución de responsabilidad  externa sobre los éxitos mediante un locus de contro externo. Es un hecho cultural que a su vez nos permite realizar una inferencia sobre los mecanismos psicológicos que operan para desincentivar la participación de la mujer en ámbitos de poder, organizativos…  El juicio de valor emitido complementa una asociación constante de los roles de género, expectativas generadas, atribución de responsabilidad y locus de control, influyendo a su vez en la estructura socio-educativa, y perpetuando los estereotipos de género frente a los hechos científicos o los dictados de la razón.

Por fortuna en los últimos años ha existido una combinación que ha permitido alterar la percepción, gracias a la lucha de los movimientos sociales, especialmente el movimiento feminista, y el apoyo de las diferentes disciplinas científicas que comenzaron a adoptar un estudio de las perspectivas de roles de género con un enfoque multidisciplinar y alejado de los prejuicios y modelos totalmente caducos. Como todo cambio, la oposición ha sido recia y en muchos casos violenta, física o intelectualmente. Ha tratado de someter a quienes se enfrentaban a una situación injusta, utilizando primero la represión y posteriormente tácticas psicológicas de manipulación, como la reducción al absurdo, las falsas analogías, o las correlaciones ilusorias.

La sociedad ha avanzado, y los espacios vetados a las mujeres son cada vez menores. Hoy varias mujeres son importantes figuras en la política nacional, aunque decir que no sufren un mayor acoso mediático y un juicio de valor sesgado sería llevarnos a engaño. Sigue existiendo también una diferencia abismal en la remuneración salarial por puestos de responsabilidad similares, y un claro prejuicio en determinados terrenos profesionales que parecen coto privado de la masculinidad, pero al menos podemos decir que existe un  inicio de cambio real en la sociedad, aunque está siendo mucho más lento de lo deseado.

Sin embargo, una vez más el tratamiento descaradamente machista de un artículo vuelve a provocar consternación y nos recuerda cuál lejos estamos de la consecución de ese cambio. Me refiero, por supuesto, a la portada de la revista Tiempo referida a Irene Montero, destacada política y activista española cuya trayectoria habla por sí misma cuando aún no ha cumplido los 30 años, aunque el número de esta revista es sólo la parte del todo.

“Yoko Ono”, “novia de”, “reina”, son los apelativos utilizados en una portada referidos a una mujer que ha sido nombrada por medios internacionales de prestigio como uno de los rostros más influyentes de la política.

El problema no es el artículo en sí, o el conjunto de artículos que han atacado a diversas figuras de la política española, siendo especialmente cruentos con Podemos. Recordemos el trato dispensado a la propia Irene Montero, Rita Maestre,o Teresa Rodríguez. El problema real es la naturalidad con la que se escriben auténticas barbaridades propias de la prensa rosa más casposa, cavernaria y paleozoica. El problema es que las mujeres, en el año 2017, aún tienen que demostrar que son más competentes, más eficaces, más capaces. El problema es que Irene Montero no es “la novia de”, sino un ser humano que desarrolla una actividad con gran éxito.

No se trata de una actitud propia únicamente de la prensa política. Términos despectivos referidos a mujeres en puestos de responsabilidad, acusaciones de ascender en base a supuestos méritos sexuales, la normalización del acoso, o la reciente colección literaria de mujeres escritoras de latinoamérica, cuyo subtítulo decía de quienes eran o habían sido esposas, es un elemento común en la prensa de nuestro país.

Existe, más allá de todo esto, una falsa atribución que suele hacerse hacia las mujeres y que precisamente denomino “complejo Yoko Ono”. Yoko Ono, mujer de John Lennon,

fue culpabilizada y estigmatizada por la separación del dúo Lennon-Mcrney a través de un proceso de falsa atribución de la responsabilidad en base, únicamente, a su género sexual.

Prensa y seguidores de la banda crearon un marco en el que la separación de The Beatles poco tenía que ver con el agotamiento propio del paso de los años, los cambios de identidad operados en el grupo, y la lucha de egos. Como músico, sé de sobra que no hace falta intervención externa para que una banda se separe, sino que se trata de un proceso natural que deriva del cambio de paradigma en un conjunto de seres humanos que forman un microcosmos. La madurez, la profesionalización y la presión subsiguiente, los intereses musicales cambiantes… una conjugación de factores que terminan por producir una fractura por hechos que en condiciones normales jamás habrían operado provocando la ruptura.

La falsa atribución obvia la realidad objetiva y los hechos, dejando de lado las variables que provocan el estado de crisis, para establecer una correlación ilusoria que adjudica la responsabilidad del hecho a una única variable, en este caso, la relación entre Yoko Ono y John Lennon, que supuestamente provoca la ruptura al hacer que Lennon cambie, y al ser una relación excluyente.

Algo similar encontramos en el artículo de la revista Tiempo, otrora un medio con prestigio, que elabora un ridículo argumentario de prensa rosa para atacar a Irene Montero mediante todas las artimañas de las que hemos hablado. En la disputa (si puede llamarse así) entre Pablo e Íñigo se establece una atribución de intencionalidad en la figura de Irene Montero, a la que se culpabiliza estableciendo una correlación ilusoria entre las diferencias ideológicas entre dos personas, y la supuesta intervención de una tercera por el mero hecho de ser mujer.

Para percatarnos de que esto tiene que ver con la condición y el género femenino, basta con realizar un simple ejercicio de analogías y pensar si en la situación contraria alguien se habría referido, por ejemplo, a los propios Pablo e Íñigo como los “Yoko Ono” de Podemos que provocan las disputas entre las mujeres del partido. Se nos antojaría ridículo.

De hecho, se obvia la capacidad de las mujeres, realizando como dijimos una atribución externa de los logros (locus de control externo) al relacionarse su capacidad exclusivamente con su amistad o cercanía con hombres, algo que se ha venido repitiendo cuando la figura de poder viene siendo encarnada por una mujer.

Es clave que nos concienciemos y pongamos en valor la importancia de generar un cambio actitudinal para impulsar a su vez un cambio de paradigma en el tratamiento de la mujer en los medios. Así mismo, es necesaria una mayor implicación del conjunto de la sociedad en la denuncia de la constante discriminación que se viene haciendo por motivos de género.

Solo así podremos caminar hacia una sociedad en la que feminismo sea algo más que un eterno camino por recorrer, cuya meta se antoja cada vez más lejana.

Manuel Báez

Manuel Báez

Músico y articulista. Miembro de Secretaría de Sociedad Civil en Podemos. Coordinador de Redes Podemos Madrid.

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