Un poquito de…, por favor

Resulta inquietante la medida que la intransigencia puede llegar a tener en el ser humano. Esa egocéntrica cualidad puede manifestarse en cualquier ámbito; basta con que dos colectivos defiendan puntos de vista contrapuestos para que ambos esgriman contra el otro un “NO” rotundo, sin matices, tan enorme que no se puede saltar ni rodear, ni perforar un túnel que lleve al otro lado; tan sólido que no admite orificios, ni grietas, ni transparencias.

Sin embargo la convivencia en una sociedad mundial necesita perentoriamente enraizarse cuanto antes, y para ello precisa de un suelo nutrido con tolerancia, empatía y diálogo, mucho diálogo, el cual no es un mero intercambio de opiniones, sino que requiere de unos oídos bien abiertos a las ideas y necesidades del otro.

Ahora que comienza una de las ferias más renombradas del país, la cual incluye una porción de ambiente taurino, de nuevo serán noticia de relleno las llamativas manifestaciones de los grupos animalistas ante la incomprensiva mirada de los taurinos, y ambos colectivos se acusarán mutuamente, entre otras cosas, de ignorantes, sin que ninguno de ellos haya hecho el menor esfuerzo sincero por reducir la propia ignorancia tratando de ponerse en la piel del otro.favorita 1

Como individuo masculino criado en sus primeros años en una Andalucía afranquistada vivía con interés esa curiosa burbuja que se crea en una plaza de toros cuando ante el público expectante hacen el paseíllo los matadores y subalternos que van a actuar, mientras la banda de música hace sonar algún pasodoble, completando así con un fondo sonoro el espectáculo visual de los trajes de luces. Sentía la angustia de la espera a que el toro saliese al ruedo, sobre todo si el maestro se empeñaba en recibirlo a puerta gayola, de rodillas justo frente a la puerta de toriles, en teoría sin saber si el animal cargaría directamente contra su cuerpo, pero procurando siempre engañarle con el capote para, inmóvil, esquivar la embestida en el último momento. Esa misma angustia duraba al menos durante los primeros pases, cuando el toro enojado y asustado a la vez por el encierro recorría el ruedo buscando una salida y el diestro lo citaba tratando de introducirlo en su juego, al que el animal respondía siempre ignorante (“nunca se torea al mismo animal dos veces”, me explicaba mi padre, “porque si no ya saldría resabiado”) por mero instinto. Mi inquietud inicial se transformaba paulatinamente en admiración cuando veía que el torero sabía llevar al toro por donde quería, y que era capaz de torear al animal con un estilo más o menos ortodoxo según las palabras con que le calificase el comentarista televisivo, pero de nuevo aparecía esa angustia viendo al noble y bello caballo que el picador montaba resistir la tremenda embestida del toro, que a veces cargaba a la carrera, 800px-Toroencorridallegando en ocasiones a elevar montura y jinete algunos centímetros en el aire (lo que da muestra del poderío que tiene la testa de este animal); o si, en un movimiento “falto de nobleza” buscaba el cuerpo del torero en vez de dejarse timar por el engaño. Y llegaba mi desazón a su máximo grado cuando el matador cambiaba la espada por el estoque para cumplir con la suerte suprema y, enfrentándose al animal (nunca mejor dicho, ya que tiene que correr hacia él justo de frente ante su rostro esquivando sus pitones) acercarse lo bastante para clavarle hasta el fondo el estoque, hasta la empuñadura, y justo en la posición y el ángulo perfectos para provocar lo más rápidamente posible la muerte del animal. Qué desengaño, qué decepción, los cada vez más frecuentes casos en que el maestro había de recurrir al puntillero, o a veces, por decisión propia, empuñar él mismo la puntilla, para rematar al toro con el menor número posible de pinchazos.

Todo esto lo vivía yo a través de la televisión, agradeciendo no haber ido en mi vida más que una sola vez, que yo recuerde, a una corrida de toros (a la plaza he ido al menos en dos o tres ocasiones, siempre durante las ferias locales, una para ver el absurdo espectáculo del “bombero torero”, y otra que comentaré después). Nadie con un mínimo de sensibilidad puede evitar que se le encoja el corazón oyendo bramar de dolor al toro y viendo la sangre chorrear por su cuerpo. Pero la vez que más me horrorizó mi visita a una plaza de toros fue, siendo un crío todavía, cuando abrieron el ruedo por la mañana para que la gente lo pudiese visitar gratis, supongo que con motivo de algún aniversario de la muerte de Manolete; como fin de la visita nuestro guía (el “maestro de las llaves”, podríamos llamarle, ya que creo recordar que abrió a deshoras para nosotros) nos mostró el espacio adonde llevaban al toro muerto o, en el peor de los casos, agonizante para rematarlo si hacía falta, en su caso cortarle los trofeos (orejas y rabo) que hubiese merecido el diestro, y en épocas más antiguas, antes de que la ley obligase a hacerlo en los mataderos, despiezarlo para su venta en algunas carnicerías escogidas. No había estado allí ningún toro desde la tarde anterior, habían lavado el lugar, pero en el aire flotaba un intenso olor a sangre que me hizo sentir levemente trastornado, conmocionado ante el pensamiento de la enorme cantidad de sangre que había hecho falta para impregnar el lugar con aquel olor perenne.800px-Morante-veronica

Sin embargo, como comentaba antes, esta experiencia sólo me hizo un protaurino hemofóbico; seguí contemplando el sufrimiento del animal desde el lado aséptico de la televisión, este en el que recibimos la señal de lo que está pasando en forma solamente de imágenes que se transforman o cambian sobre un cristal; fue el tiempo el que se encargó de irme enseñando a sentir el dolor ajeno, aunque éste lo soportase un ser de otra especie. No obstante, mi “formación” previa me ha enseñado a contemplar el toreo como un arte, tanto por la estética de la confrontación taurina que incluye las vestimentas, el protocolo, la especialización en las tareas de la faena (recomiendo leer este tuit de Risto Mejide si aún existe), como por el arte que necesitan público y profesionales para engañarse creyendo que encumbran su cultura mediterránea al engañar al toro, cuando en realidad se engañan a sí mismos al someter a un animal noble, que no domesticado, a una serie de estímulos a los que el animal responde según su instinto y experiencia, con lo cual literalmente se burlan de aquel ser que les obliga a buscar la protección del burladero cuando realmente decide enfilar sus frágiles cuerpos con esos poderosos cuello y cornamenta. Aunque el arte, más que en la profesión se halla en la vocación, aquella que sentían los jóvenes y adolescentes de antaño que les llevaba a saltarse el vallado de alguna dehesa, generalmente de noche, para buscar algún toro al que dar algunos pases a cambio sólo de la propia satisfacción o, en el mejor de los casos, de la admiración del compadre que se arriesgaba a acompañarle por si sufría algún percance. El resto, más al del arte, dada su profesionalización pertenecería por definición al ámbito de la artesanía.800px-Acto_antitaurino_en_Murcia

De modo que, atrapado entre dos mundos que comprendo y a los que deseo la coexistencia, me vi impelido a reflexionar sobre una solución intermedia. Y así, a bote pronto, se me ocurrió hace varios meses (como ya expuse torpemente en mi propio blog) que podrían cambiarse los despiadados hierros con que se hiere al animal por discretos mecanismos  (esto es, sustituir una fabricación por otra) que le inyecten dosis acumulativas de alguna sustancia que afloje al animal (al toro, quiero decir) hasta dejarle totalmente dormido en la suerte final; así, la tarea de los veterinarios tendría que incluir someter a los toros escogidos para la lidia a unas pruebas de tolerancia o alergia a las sustancias que se les inyecten. La parte de los trofeos podría sustituirse por sendos elementos artificiales que además darían nacimiento a otra industria, y el consumo de la carne del toro podría continuar haciéndose al destinarles al matadero cuando llegue su momento, o bien mediante ejemplares criados al efecto. E incluso la posibilidad de evitar que se lidie dos veces al mismo animal sería fácilmente eludible con un sencillo registro de las redes ya lidiadas (el cual, tengo entendido que ya existe).

No sé, ya digo que todo esto lo escribo desde una liviana reflexión, y sin terminar de entender del todo los motivos de una de las partes. De lo que sí estoy seguro es de que un conflicto aparentemente irresoluble quizá sólo precise una cierta dosis de imaginación y, en cualquier caso, de la intención honesta y sincera de ambas partes por resolverlo, y también tengo la certeza de que la convivencia requiere de la comprensión mutua, así como de que dos partes no se ponen de acuerdo si alguna de las dos no lo quiere (lo cual me derivaría a hablar sobre la situación electoral, pero mejor que lidie otro con ese asunto).

Sinelo1968

Fan del conocimiento y de la belleza; y de la belleza del conocimiento, y del conocimiento de la belleza. Ya sabes de lo que carezco.

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