La musa de nuestra vida

Tres meses ha que faltó mi santa madre, q.e.p.d. (año 2013), y, sin embargo, el mundo todo sigue girando tal como si nada excesivamente malo hubiera ocurrido en derredor. Por lo tanto, todo indica que la vida, de ordinario, más tarde o más temprano cesa, acaba, termina, y por consiguiente, nos abandona, nos desatiende, y finalmente, nos deja a merced de nuestro insalvable destino que, bien mirado, no es cubil, ni tampoco antesala de la vida futurible, sino aciaga suerte que comoquiera debemos sobrellevar de la mejor manera posible, fuera albur indeterminado e incondicional. Es entonces cuando el gran teatro del mundo, tamaña platea ingente, una vez terminada nuestra función, nuestra representación, nuestra tragicómica comedia usualmente vestida de sueños y palmariamente recubierta de oropel, a lo más tardar baja su particular telón de fondo, casi siempre adornado con flecos y borlas doradas, al tiempo que apaga sus últimas luces y en un visto y no visto echa, ya sin solución de continuidad, el cierre definitivo. A continuación llega el silencio y acto seguido aparece la oscuridad eterna. A partir de aquí, todo quisque puede suponer e incluso columbrar lo que más le convenga, cualquier cosa que le venga en gana, al trasunto sirve, si no para remendar un roto impulso de verdad, sí para aliviar un descosido magín que no es pensamiento cien por cien religioso, sino enfermedad de muy dudoso origen.

En todo caso, de poco habrá de servirle.

Devueltas a la realidad que de momento nos acoge en su terne regazo, se conoce que todos somos una especie de animales dijérase fortuita, efímera, volátil, algo así como una ensoñación propiamente personificada que de un modo u otro tiende a vivir en Babia, y aunque la vida nos parezca Jauja, tal la verdad paréceme que estamos siempre a la que cae, cuando no, pendientes de un hilo e incluso a punto de estirar la pata al menor descuido.

No quisiera parecer excesivamente prolijo ni tampoco un tostón venido a mayores, pero, muy precisamente hoy, el no repetir mis pejigueras palabras, con perdón, me resulta punto menos que imposible: “Vivimos inmersos entre el clamor de un perpetuo presente, y el chitón del angosto pasado, cuyo efímero transcurrir, en virtud de cualquier futurible desenlace, presto desaparecerá, para solaz de nuestra mayor sorpresa, de una vez por todas”.

De ilusiones también se vive, dicen las malas lenguas que efectivamente mienten por la barba, por despecho y por costumbre, sobre todo porque el tino de la verdad suele doler un sí es no es bastante, tanto objetiva como subjetivamente hablando, es decir: el embuste no es nocivo por mor de lo que hace, sino, exactamente, por lo que deja de hacer, o sea, sincerarse y decir la pura verdad a ultranza, cueste lo que cueste y caiga quien caiga: el riguroso cumplimiento de la teodicea verdad, así lo requiere; y, sin embargo, nunca debemos olvidar que el pirujo propiamente dicho, a modo de dicotomía, siempre tiene dos vertientes, dos lecturas, dos imposiciones lógicas, sendos derroteros, dos comportamientos intrínsecos, dos intenciones tajo parejo maestras que comoquiera subyacen a su calaña inherentemente ruin, si los dioses al uso nos dejan decirlo, estas mismas son, a saber: una, cuando se miente por y para proteger la tambaleante integridad de alguien, pongamos por caso al marido, al amante, incluso al novio tarambana y bonachón que enhorabuena sueña despierto: esta es, sin ir más lejos, la denominada mentira piadosa, ya que no perdonable, y demás reprehensiones varias; y dos, cuando se miente por y para que ninguno de los dos implicados en lid, y entiéndase bien el peliagudo anatema en cuestión –activo y pasivo–, cabe en modo alguno puedan descubrir jamás la indocumentada atrocidad en ciernes: en cualquier caso, el perjudicado en lid, el damnificado en cuestión, no obstante quedose doblemente engañado: esto es, sin ir más lejos, lo que yo llamo precisamente hacer de la vida una palmaria mentira, o sea la mentira vox pópuli.

Es entonces cuando la persona (?) encargada de embelecar, ya sea por piedad, ya sea por obligación y consecuente ocultación de la propia voluntad, llámesela esencia, mismidad, actitud o tendencia impositiva, automáticamente cambia de nombre, tómese el que más convenga luego en cada caso indiviso: locura, demencia, animosidad, perversidad, ignorancia, sinrazón, cerrazón, hipocresía elevada a la enésima potencia del egoísmo puro y duro, avilantez ejercitada con premeditación y alevosía, pocholita mía, Juan Palomo, Villaescusa, etc., y así como este fenómeno en concreto, tal la verdad viene ocurriendo con mayor frecuencia en la mujer, tan promiscua cuan proclive, de igual manera acontece en el hombre de marras, tan proclive cuan promiscuo, si bien acaece a bastante menor escala –no cuantitativa, sino equitativamente hablando–. Recuérdese que la mujer, a grandes rasgos, nunca miente por vicio, ni tampoco por enfermedad, perversidad o exceso de confianza, sino que lo hace por defecto de fábrica, o sea, para proteger una entidad, mejor fuera decir identidad punto menos que peliaguda: la mujer, en origen fue creada de una forma tan extraña y de manera tan peculiar, que nunca podrá mostrarse al mundo sin ambages, lo que se dice desnuda en cuerpo y alma, o sea, en cueros: tal es su asombrosa condición y, sobre todo, su metódica apreciación de la inmensa moralidad masculina que a la sazón subviene columbrada siempre con unos bonitos ojos rasgados; luego miente, tanto para protegerse a sí misma, como para encubrir su sibilina condición, tanto para no perder al hombre en cuestión, como para no asustar demasiado al ingenuo mundo de los ciegos intelectuales, ya que no al mundo de los muy ceguezuelos instintos (¡quédese, Vuecencia, con la copla!): he ahí, pues, soslayada, su mayor táctica vital, su mayor estratagema fundamental, su mayor arma arrojadiza, ni el mismísimo Bonaparte vino a ser un personaje tan decididamente estratega.

En efecto, los hombres (?) que ven a la mujer tal como una tonta del culo, una tonta del bote, una tonta de cuerpo entero, un tonta sin luces cognoscitivas y bien valga la redundancia, la muy indina, la muy boniata, la muy palurda: por lo pronto son cuarenta veces más idiotas, imbéciles y estúpidos que ella, esto es: toda la inteligencia de la mujer, sea como fuere quedose reducida a su misión, y hace bien, y bien que hace, y tanto que hace bien, ya que a la mínima ocasión de lucirse, en lo sucesivo podría quedar embarazada de por vida, con todo lo que ello supondría en cuanto a obligaciones y responsabilidades se refiere: tonterías masculinas aparte, imaginaciones masculinas aparte, ensoñaciones masculinas aparte, insensateces masculinas aparte, prontos masculinos aparte, incoherencias masculinas aparte, imprudencias masculinas aparte, errores masculinos aparte y, sobre todo, inconscientes meteduras de pata, aparte. Así como el pecho –a ser posible justo– es lo más bello de la mujer, tal la verdad es la ingenuidad lo más bonito del hombre: ese tarambana, ese melón de invierno, ese ovejo berrendo en maquinaciones y fantasías.

A lo largo y ancho de este libro, creo haber hablado un sí es no es bastante acerca del realismo que tajo parejo nos circunda, sujeta y agrede. El término realismo también pudiera intercambiarse por pragmatismo elevado a la enésima potencia del absurdo, allende lo cutre, aquende lo razonable.

El habitual y acostumbrado funcionamiento humano, demasiado humano, bien mirado a grandes rasgos, en efecto es ridículo, harto ridículo. La mujer lo sabe y conforme a ello es consciente de su eviterna condición, mas el hombre… ¡Ay, pobre de mí, que de moza parí! Y, más concretamente hablando, haciendo gala del famoso comentario de Eliot: “Todo buen poema de amor es prosa”, asimismo habría que dedicarle al hombre, las siguientes palabras, esta vez a cargo de una mujer que, en efecto, sabe muy bien de lo que habla, siendo el mismo tema de aqueste ensayo; he aquí, pues, apuntado, el sibilante flechazo de Angelina Gatell:

 

Aquí me tienes, hombre. Aquí estoy, inmutable,

acunando en la sombra la herencia que me entregas:

una nueva esperanza.

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Para ser alguien que odia la poesía pero de ganas, la verdad es que tengo un gusto refinado y exquisito, sibarita y selecto: don Leopoldo de Luis fue quien me puso en el buen camino, hace ya muchos, muchísimos años; tampoco me arrepiento por de haber arrancado de su plausible y laudable libro, tres o cuatro páginas en buen uso que más tarde fueron regaladas, con toda la buena voluntad del mundo, a una mujer tan vivaracha cuan alocada, so ofrenda de amor verdadero, o sea, marchito, mustio y flácido. Después de, en efecto pude darme cuenta de que este tipo de amor, el verdadero, por lo pronto es el único tipo de amor que la mujer no necesita para nada, así que no le atañe, no lo conoce, no lo concibe, no le sirve, ni para finos, ni tampoco para bastos. Desde entonces no hago sino preguntarme al igual que todo buen poeta que se precie: ¿La mujer sabe amar?, más aún: ¿La mujer, a tenor de su condición, algún día se prestará al hermoso arte de amar? La creación nos la jugó, pero que muy bien jugada.

En mi opinión, todo el desamor de la raza humana, bien podría quedar resumido así: aunque te pases toda la vida amando a una sola mujer, ella, sin embargo, seguirá distante, tanto como el primer día: se conoce que la voluntad de la especie la mantiene presa en su holgado interior metafísico, llámese esta inquebrantable salvedad: egoísmo, egocentrismo, narcisismo o, sensu stricto, adanismo. Cuando el hombre inmune afirma de grado que la mujer no distingue, verse a todos los efectos, cualquier ágora filosófica que así se precie, ad hoc debería guardar silencio, rumiar un pensamiento tan metafísico y, después de rendir su correspondiente tributo, aplaudir de lo lindo. Creo que fue Goethe, el tarambana, perdón, quien dijo aquello de: “El eterno femenino nos eleva”, y, sin embargo, el hombre inmune opina justamente lo contrario, es decir: “El eterno femenino, de por sí nos tiene confinados en la más absoluta precariedad, tan secular y arcaica, como vetusta y primitiva”, es otro decir: “El eterno femenino nos retrotrae a los orígenes”. Y así, sucesivamente, y vuelta la burra al trigo, y dale que te dale, lo mismo en la Edad de Piedra, que en la Era Espacial: de ahí el fastuoso y sublime vuelo de Goethe que a la sazón andaba por lo menos en la Luna, en la Luna de Valencia, tan embriagado cuan perdido y extraviado.

”El lirón de las ánimas”, artículo nº. 87.

© José Javier Martínez Rodríguez.

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