España y el gato de Schrödinger

“¿Estaba España viva política, social, cultural y económicamente, con una gran situación y libre de mácula, hasta que los nuevos partidos han denunciado esta situación?”

En 1935 Erwin Schrödinger, físico, crea un interesante escenario para generar una paradoja en la mecánica cuántica, un supuesto experimento “imaginario”, conocido como El gato de Schrödinger.

El experimento, siguiendo ciertos postulados de la mecánica cuántica, se basaba en la posibilidad de meter a un gato en una caja opaca con un veneno que tenía la posibilidad de liberarse acabando con su vida, pero también la posibilidad de no liberarse. Evidentemente, y por una cuestión ética, el experimento no se realiza, pero no es necesario para establecer esta paradoja. El resultado es que existe una posibilidad del 50% de que el gato esté vivo, y un 50% de probabilidad de que esté muerto, pero la caja no se abre, por lo que para los experimentadores, el gato puede, a la vez, estar vivo o muerto.

Según la mecánica cuántica y simplificando al máximo la explicación para no entrar en debates estériles, existe una superposición de estados. El gato puede estar muerto, pero también vivo, por lo que el gato está, a la vez, muerto y vivo, hasta que el observador abra la caja, momento en el cuál alterará el resultado experimental al intervenir.

La realidad nos dicta que el gato está muerto o vivo, por supuesto, y no ambas cosas a la vez. Pero la mecánica cuántica nos dice que está a la vez vivo o muerto, y que somos nosotros quienes, al abrir la caja, alteramos ese resultado. El gato no está muerto o vivo hasta que nosotros observamos, alterando el resultado. ¿Hemos, por lo tanto, matado o revivido al gato? ¿Cómo es posible que el gato esté a la vez vivo y muerto y que seamos los culpables del resultado?

Estas cuestiones podrían aplicarse a la lógica (o falta de lógica) que han seguido los sucesivos gobiernos en España, pero también a la percepción política de nuestro país y la irrupción de nuevas formaciones políticas que han denunciado esta situación, así como la respuesta que se ha dado desde diversos medios a las quejas lícitas de esos partidos y de un gran sector de la ciudadanía.

Parece ser que quienes denuncian la situación de nuestro país se convierten en culpables del resultado, aún sin haber llegado a gobernar, en antipatriotas por denunciar los cadáveres escondidos bajo las alfombras o, por seguir la analogía, en cajas opacas, sobres, áticos y ministerios. Es como si nuestro país no sufriera ningún mal y la ciudadanía no tuviera ningún problema, mientras nadie lo denunciara. Como si un cúmulo de errores políticos no existieran en tanto en cuanto nadie señalara que estaban ahí. Una especie de omertá política, una ley del silencio basada en una premisa paradójica; las cosas no existen mientras no se hable de ellas.

¿Estaba España viva política, social, cultural y económicamente, con una gran situación y libre de mácula, hasta que los nuevos partidos han denunciado esta situación? ¿Era un cadáver, envenenado por la mala gestión de lo público y la falsedad de un supuesto liberalismo económico que rescata con dinero público empresas que han malversado, defraudado, lanzado preferentes o, simplemente, gestionado mal sus recursos y fracasado como generadores de capital?

Si nos atenemos a los datos y las medidas tomadas, nuestro país ha sido devastado por un sistema bipartidista que ha adoptado decisiones irracionales y ha gestionado los bienes públicos de forma nefasta. Esas decisiones incluyen un rescate de empresas privadas (bancos) con dinero público sin pedir nada a cambio, ni siquiera una devolución parcial de ese rescate. También incluyen la privatización de las Cajas de Ahorro, arruinadas por una gestión deficiente y, en ocasiones, tal y como se ha demostrado judicialmente, interesadamente negligente, así como su posterior rescate con fondos públicos para ser privatizadas cuando empiezan a generar beneficios. Es decir, se socializan las pérdidas de las empresas privadas, y se premia la ineptitud y la competencia a los altos cargos de empresas y estamentos públicos que quiebran, pero también se privatizan los beneficios de lo público, y se conceden “rescates” a empresas privadas con el dinero de los contribuyentes, los hijos de los contribuyentes y, según los economistas, los nietos de los contribuyentes, sin pedir nada a cambio. Se hipoteca el futuro de un país para rescatar a empresas deficientes con el dinero de todos, pero no se les pide a esas empresas que hagan nada por el bien público o de los contribuyentes.

También podemos hablar de un sistema educativo que atenta contra la opinión de pedagogos y maestros, que no tiene en cuenta un programa ideal para el aprendizaje, y que deriva cantidades ingentes de fondos públicos a colegios privados, llamados, para suavizar, concertados, en lugar de mejorar el ámbito público. Se degrada la sanidad y de nuevo se pone a cargo del sistema sanitario público a gestores en muchos casos incompetentes, que poco o nada tienen que ver con la profesión médica, y que ya han demostrado su incapacidad arruinando o llevando al colapso a otros organismos relacionados con la sanidad. Se aprueban leyes laborales que acaban con el trabajo estable, llevando a un estancamiento de la natalidad que a su vez hace peligrar todo el futuro del sistema de pensiones, se precariza la situación de la gente, se cercenan los proyectos de futuro de la ciudadanía.

Sin embargo, el mensaje es únicamente el de una crisis internacional que, no olvidemos, muchos países han pasado hace tiempo o no sufren, y el de una “herencia recibida” en el caso del actual gobierno, y una “situación complicada” o un “todo va bien” en el caso de gobiernos anteriores. No pasa nada. España funciona perfectamente según los gobiernos autonómicos, cada vez más endeudados, los municipios, el estado…

No existe, al parecer, un problema sistémico, una mala gestión real, o un problema interno que afecte a nuestro país. Los problemas no se denuncian y, por lo tanto, no existen. Hasta que aparecen una serie de movimientos, primero sociales, y luego políticos, que denuncian esta situación. El 15M, las manifestaciones, las marchas y, en 2014, la politización de esa vida “secular” con la irrupción de nuevas formaciones políticas, como Podemos (y ahora Ciudadanos) que denuncian un problema de base, una falla sistémica; nuestro país no funciona, no va bien, y está envenenado por una mala gestión política, en muchos casos, interesada en hacer funcionar mal ciertos sectores.

A partir de ese momento, asistimos a la paradoja de Schrödinger. La culpa de la situación, a pesar de los datos, no parece ser, según muchos medios o el propio Estado Español, de los gobernantes. Es de las nuevas formaciones políticas, que lo denuncian. Son “agoreros”, “antipatriotas” que muestran la realidad de un sistema corrompido hasta la médula. Al decirnos que dentro de la caja hay veneno, y que éste está matando al “gato”, que la “marca” España está infectada por la ponzoña, los denunciantes parecen convertirse en los culpables de la situación.

Incluso asistimos a otro hecho paradójico, y es la culpabilización a priori de una supuesta situación futura en la que España será arruinada por las formaciones políticas que denuncian estos hechos. Criticar un sistema que no funciona es una “utopía radical”. Denunciar que el gato está muriendo y señalar los problemas parece ser la causa de la muerte del gato. Paradójico, casi imposible e ilógico, pero cierto. Estas críticas se extienden como la pólvora y, pronto, ese gran Gato de Schrödinger que es España, como nación, parece haber muerto por culpa del observador, y no del veneno que los sucesivos gobiernos liberaron dentro de una caja opaca, amparados por la ocultación de datos y un sistema judicial que está lejos de la independencia política.

¿Quién tiene la culpa de la situación de nuestra sociedad? Cualquier persona respondería que sus gestores, negligentes, e incluso (entonemos el mea culpa), la propia población, por haber sido permisiva con una situación de expolio. Tal vez preferíamos no conocer la realidad, no quisimos saber si el gato estaba vivo o muerto, sino que preferimos asumir que, mientras nadie abriera la caja de Pandora, todo iba bien.

El problema de esta paradoja política, además de la culpabilización de quienes son críticos con la situación, de la criminalización de la protesta, demostrada con la Ley de Seguridad Ciudadana, que promueve la ley del silencio como fórmula, es que la política no es mecánica cuántica. Si el país está muriendo o agonizando, si la situación de la gente es mala y las leyes la empeoran, no hay una “superposición cuántica” por el mero hecho de ocultarlo o de mirar hacia otro lado. El observador que denuncia la situación abriendo la caja no es, en forma alguna, culpable ni antipatriota. Sin embargo, se nos intenta convencer de ese hecho. Si no hablamos de los problemas, los problemas no existen, si no denunciamos una falla sistémica en nuestro sistema bipartidista, todo irá bien.

En la vida real, aquella que no se rige por leyes cuánticas y es palpable, cuando una persona no tiene para comer, muere. Cuando un anciano no recibe asistencia sanitaria o de dependencia, su calidad de vida empeora, y también puede morir. Cuando un chico no tiene acceso a la educación superior o tiene que pagarse a la vez estudios costosos y trabajar, su calidad de vida merma y su posibilidad de desarrollarse se cercena. Cuando una persona de 50 años pierde su trabajo y permanece 3 años sin encontrar otro empleo, todo el sistema se resiente, porque se pierde una vida laboral útil y se genera ansiedad en un ser humano. Y cuando los jóvenes preparados se marchan del país y los que se quedan vagan como cadáveres sin encontrar un sentido a una vida sin posibilidad de futuro, el país decae y el espíritu nacional y la marca de la que tanto presumen algunos “patriotas”, se ahoga en la desesperación.

Es por ello que ciertas paradojas son inaceptables en la política. El desconocimiento no altera la situación real, y la ley del silencio no ayuda al ocultar las penurias del sistema. En política, en economía y en la sociedad, las cosas no suceden “porque si” ni “son así”, sino que se construyen. Un país es un organismo vivo, no está sujeto a las variantes caprichosas del destino; depende de la toma de decisiones correctas y de la solución y la respuesta a decisiones incorrectas o errores lógicos. En política, se cometen errores, pero enterrarlos en una caja opaca no sólo no lleva a la solución de los mismos, los perpetúa.

En definitiva, no podemos permitirnos, en conciencia, mirar hacia otro lado y culpar a quienes abren la caja. No podemos pensar que todo funciona mientras nadie diga lo contrario, sino que tenemos que implicarnos y señalar los errores, aprender que, como ciudadanos y ciudadanas, es nuestro derecho, pero también nuestro deber, no mirar hacia otro lado y mantener una visión crítica. No podemos creer en paradojas de mecánica cuántica cuando lo que está en juego es la vida y el futuro de millones de personas, ni podemos dejar que el veneno se extienda a través del Gato de España aduciendo que, mientras nadie abra la caja, no existirá una situación real.

Manuel Báez

Manuel Báez

Músico y articulista. Miembro de Secretaría de Sociedad Civil en Podemos. Coordinador de Redes Podemos Madrid.

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