El gran matarife

En el mundo todo (y ríase la gente de mi incongruente empero consecuente ingenuidad), no obstante su idílica y paradisíaca imagen en forma de pelota al uso infantil, desgraciadamente vienen existiendo desde siempre: multitud de injusticias, innumerables absurdos varios y también un quintal de disparates punto menos que inmarcesibles, junto a un montón de fullerías, una tonelada de sandeces y un sinfín de despropósitos ocasionalmente originados sin ningún motivo aparente que ex profeso los defina ya en general, ya en particular: el tumultuoso guirigay del mundo todo, bien mirado a la luz de los acontecimientos, en efecto se presume inmarcesible, indescriptible e incalculable, aunque no imposible de narrar, o séase inenarrable; y, sin embargo, el cordero propiamente abierto en canal, dondequiera que horro de maldad hubiera dejado de triscar, entretanto sigue costando al corte unos catorce euros el kilo, es decir, que la sabrosa y muy apetitosa carne de cordero palmariamente caída en desgracia, y digo bien, por lo pronto viene a valer, toda vez comprada en el consanguíneo mercado de orden cárnico, alrededor de unas dos mil quinientas pesetas de las antiguas, quién sabe si manchadas de sangre, sudor y lágrimas… Es entonces cuando un servidor hace ademán de preguntarse a sí mismo: ¿Qué precio, pues, habría que ponerle, en el resbaladizo parquet de la “Bolsa”, a la mostrenca y abundante tontería humana, a la morcillona sandez humana, a la vistosa y sebosa y lustrosísima estulticia humana? –la cual, nunca jamás ha osado hundirse en los más abisales pozos de la muy difundida miseria, por lo que siempre ha salido a flote, las más veces asomando la gaita, aunque sea por debajo de las mismas piedras que, con pasmosa fruición y auténtico denuedo, tajo parejo solapan el muy denticulado camino del escritor que enhorabuena escribe por mor del esplín poema que comoquiera siente allende su profundo y maltrecho corazón asaz dolorido, todo él transido de dolor, trémulo de emoción, tras haber visto tantísima mortandad vilmente manifiesta por doquier–, ¿acaso es gratuita la mostrenca necedad humana? ¿No será la iniquidad humana algo así como una rémora de alcurnia, una rémora humana, demasiado humana, tal vez un consanguíneo atavismo de época? ¿La maldad humana es para con la muerte apenas premeditada, lo mismo que un plato de arroz para con el hambre que a la postre es diariamente alimentada por el indocumentado jaez del egoísmo desgraciadamente universal? ¡Qué cantidad de dislates tienden a ponerse en franco movimiento en cuanto Dios decide amanecer por entre las llanuras de esta España nuestra, ya invertebrada a propósito, adrede y aposta! ¡Hasta dónde piensan llevarnos, las retorcidas mentalidades del poder asaz pervertido!unnamed

A modo de añadidura me gustaría compartir con Usted una idea, una visión, una revelación punto menos que peliaguda, ésta me sobrevino anoche, mientras intentaba dormir a pierna suelta (junto al maldito televisor y la maldita televisión de toda la vida), a saber: resulta curioso que el Comunismo de marras sea propenso al agnosticismo, esto es, contrario al catolicismo, al cristianismo, a la religión propiamente dicha, cuando en realidad, sus principios e ideales básicos son la igualdad, la equiparación de todas las voluntades, la uniformidad de la masa, el medir siempre a la baja, el acotamiento de la virtud, el alzamiento del defecto, en fin, la paridad elevada a la enésima potencia; asimismo resulta curioso que el Capitalismo, la Democracia, la Monarquía y tal, por lo general del caso sean estadios católicos, cristianos y un sí es no es bastante religiosos, cuando en realidad, sus principios e ideales básicos son (v. g.: la demencia inoculada en masa, más aún, cabalmente unida formando piña al uso del embuste llamado Amor) el egoísmo, la distinción de clases, la separación de todas las categorías raciales, la discriminación de castas, la injusticia social, la hipocresía, el doble rasero, el embuste, la jerárquica cadena de mando, la mirada por encima del hombro, en fin, la disparidad elevada a la enésima potencia… Que Dios los bendiga a todos juntos, cual si fuesen hijos putativos –adoptados– de una misma familia o, en su defecto, sendas caras de una misma moneda, acuñada Poder (o séase Guerra y Paz) :de ahí que el tarugo de Nietzsche (quien pusiera de vuelta y media al Socialismo), perínclito Napoleón Bonaparte, en justo correlato bautizara a la Voluntad (magistralmente desgranada por maese Schopenhauer), de la siguiente manera, no tan ambigua cuan absurda: la voluntad de poder. A colación, siquiera sea en lo tocante a Nietzsche, más aún, conforme a todas las políticas habidas y por haber, peor todavía, al respecto de todas las masas humanas: acuérdome de lo que dijo otrora Juan Ramón:

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.

[los niños grandes del barrio]

”El sótano impertérrito”, artículo nº. 53.

                                                                                                                                                            © José Javier Martínez Rodríguez.

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