Un clavo saca otro clavo, y un florero sustituye a otro

Teníamos un florero (leer: “¿Tienen ustedes un Jefe de Estado…”). Como estaba muy desvencijado lo hemos sustituido por uno nuevo, más esbelto, más moderno, más nuevo, en una palabra. Al nuevo florero lo acompañan un florerito (que cada vez se parece menos al florerito inicial que era, con las continuadas reparaciones que se le han practicado), más estrecho, y mucho más bajo y unas pequeñas piezas. Su manutención nos cuesta la friolera de 8 millones de euros al año, pero el Estado los paga a gusto, parece ser que decora bien la vivienda.

El nuevo, florero, al igual que disponía el anterior, tiene un sistema por medio del cual se le introduce un dispositivo USB (el antiguo sólo leía cintas magnéticas, y finalmente se pudo modificar para que leyera DVDs) y pronuncia discursos, incluso en diferentes idiomas: la tecnología ha avanzado sustancialmente.

Pese a todo, los discursos no difieren demasiado en su contenido, no obstante, sí lo hacen en la forma. Al menos, el anterior tenía algo de gracia, ante la sobriedad que muestra el  actual. Al anterior le llenaba de orgullo y satisfacción pertenecer a la casa, a este último parece que no tanto.

En definitiva, las peroratas que suelta, de vez en cuando, siempre se refieren a circunstancias muy transcendentales, muy superlativas, no hablan nunca de la gente, del mismo modo que suelen trasladarlo habitualmente a grandes e importantes eventos y hasta otros países, pero suele vérsele poco donde se encuentra la gente que sufre, la que realmente paga su costoso mantenimiento. Y esa gente cada vez está más hastiada de sostener el florero, el florerito y las pequeñas piezas que lo acompañan. Y es posible que, algún día, tal vez no tan lejano, el florero sea  desalojado de la casa, y se busque algo que, en lugar de decorar, sea de utilidad.