Armando Barullo Cuesta (índice)

¡Y tanto que cuesta armar barullo, lo mismo en gerundio que en presente indicativo! El primero de mis ocho o nueve u once libros existentes (otros tres fueron destruidos a razón de la imberbe juventud: el escritor, por aquel entonces, tal como dice el diccionario, ajó y tiró a la basura todo cuanto había escrito), antes bien intitulado “La librería del Club-26”, en principio es un manuscrito de orden privado e íntimo que comoquiera está a la espera de ser corregido debidamente, al igual que todos los demás, así que no puede granar en publicación al uso. Por lo demás, resulta ser un cuento más o menos filosófico, usted ya me entiende, basado esporádicamente en la cognoscitiva e inteligente historia de un librero (índice) al uso del comercio que enhorabuena vive, trabaja y sueña a merced de sus libros puestos a la venta, entre los cuales se pierde, se nubla y se deja llevar mientras escribe, de cuando en cuando, sus tristones pinitos literarios, las veces sentado entre los flemáticos muros de su casquivana librería de viejo, siempre esperando la repentina llegada de los clientes que tajo parejo van acudiendo a su humilde y socorrida y manida librería, cuyo constante y continuado ajetreo diario, a la sazón presume el Nudo, el Planteamiento y el Desenlace (Cela) del argumento en lid, más o menos engordados, los tres conceptos en liza, con unos cuantos discursos literalmente intercalados ad hoc, ya sean arengas de tomo y lomo, o tabarras de mucho cuidado, literalmente declamados por una concurrida reunión literaria en cuyo trasfondo poético va quedando identificada una multípara serie de personajes a todas luces dispares, todos dispuestos a dar su prístina y repentina y espontánea opinión al respecto, ora literaria, ora filosófica, ora empírica, ora existencial, pues bien, y vayamos directamente al grano, al cogollo, al quid de la cuestión: si todo el maderamen narrado allí, cabe en una de aquellas tan casuales cuan sorprendentes, de repente pasara a ser realidad, realidad pura y dura, pues entonces, ni que decir la majestuosa dicha que a resultas de tamaño acontecimiento podría llegar a sentir un afortunado servidor, por cuanto esta nueva tenencia en lid, en efecto me haría mucho más feliz que el simple hecho de verlo publicado algún que otro denostado día, y aunque el libro en cuestión enhorabuena ganara algún deshonroso premio honorífico –fuera cosa, misterio o gravamen que tampoco me extrañaría nada–, desde luego no sería, por cierto, suficiente dicha en franquía, ni tampoco estaría a la altura de esotra aquella ilusión tanto más que regocijante, así es que disfrutaría más que un enano, luego en caso de que un servidor llegara a ser el verdadero y conspicuo y prócer propietario de una librería al uso de mis clientes más lectores y selectos, cuyas conversaciones, discrepancias y lucubraciones varias, desde luego supondrían la más bella herencia de mis memorias ya marchitas y decaídas, o séanse abúlicas. Tan pronto termine de solventar aqueste libro, no aquél (junto a sus dos o tres sucedáneos), tras de liquidar la dura pugna que así o asado mantengo con este maldito libro, harto ya de bregar contra las frases mal escritas, mal entonadas y mal compuestas, si por entonces no ha ocurrido nada que habida cuenta de males se salga fuera de lo normal, cosa que tampoco me extrañaría nada, amén, q.e.p.d., lo más seguro es que me líe, sensu stricto, con aquél: siendo el primero de todos ellos y asimismo el único con ligeros tintes de novela, o mejor dicho aún, con tintes narrativos, visibles cuanto apenas.unnamed

No obstante, el futuro, a decir verdad, juraría que no pinta demasiado bien, dijérase claroscuro, pero, aun así, aun siendo así de agorero el futurible panorama que presto se avecina, pese a todo ello intentaré sacar postreras fuerzas de flaqueza: cualquier cosa que haga luego en pos de publicar mis ocho libros, mientras pululan, devienen y esperan su correspondiente santo y seña, entretanto será bienvenida. La lucha, en todo caso, siempre termina siendo beneficiosa, aunque sea llevada a ultranza; además, tampoco escribo tan mal como para granar en famoso (perdón, ha sido un gazapo malintencionado, cuando no una diatriba malintencionada, se conoce que el subconsciente me ha pasado factura, antes bien quise decir, como para dejarlo ipso facto), tampoco escribo tan mal como para dejarlo presto, véase si no cualquier periódico de tirada nacional e instante descubrirán que no miento, nunca, jamás: mi jerigonza, mi parlería, mi monserga, una vez comparada con aquella mácula (perdón, ¡vaya un día florido que llevo!), toda vez comparada con aquella verborrea universitaria, en resolución es música celestial, cuanto más que la gran pléyade nacional, junto al perínclito periodismo patrio, tan sólo se dedica a dar pábulo al mismo vocabulario de marras y de ahí no hay maroma de barco que la saque a flote, ya sea el vocabulario institucional por antonomasia, ya sea el vocabulario ortodoxo por excelencia, fueran razones más que suficientes para desecharlo a la orden de ya. Y, aunque peque de prolijo, volveré a repetirme una vez más: la Narrativa actual escribe tan bien y dice tan poca cosa, que todavía sigo preguntándome para qué puñetas escribe, como no sea para decorar preponderante papel pintado con bermellón, turquesa y carmesí…, al igual que hacen los poetastros y las poetisas, de tal suerte que, entre todos los tomos que en propiedad tengo de poesía, al resumen no he encontrado sino diez o quince ejemplares que valgan la pena; el resto ingente, por lo pronto no tiene ni pajolera idea del significado que ad hoc presume la palabra esplín, por mucho que la ensayen a base de vocablos insulsos, anodinos e inanes, siendo más abúlicos que yo mismo, lo que ya es decir: para mí no hay nada más vergonzoso que ver a miles y miles de poetas escribiendo vaciedades de toda laya, sin sentido, sin esplín, sin sentimiento alguno, más aún: incluso los poemas de Nietzsche, ¡lo que ya es decir!, en comparación con aquellos tejemanejes, hasta resultan embelesadores. Qué cosa más triste; qué cantidad de gente infame: en efecto, el partido de la tiranía es algo mucho más serio de lo que usted se piensa; la verdad es que da miedo.

La ortodoxia literaria, cuando es llevada al postrimero extremo, en efecto amputa el cuyo de la libertad de expresión, es decir, la ortodoxia literaria ya subviene a priori dijérase dictaminada por una serie de poderes fácticos al uso del ingente orbe gregario, las más veces conducida por entre los cauces reglamentarios y así no hay manera de decir algo verdaderamente interesante; el resto de escritores inmunes, antes al contrario, solemos saltar sin red, somos trapecistas sin red, y pescamos, sin red alguna, truchas a bragas enjutas, en otras palabras, a la antigua usanza, lo cual tiene un sí es no es bastante más mérito todavía, por cuanto resulta mucho más difícil que esotro aquello.

—¿De qué me serviría a mí, dígame usted, escribir maravillosamente bien y no decir ni pío durante el velamen de trescientas páginas?, suponiendo que escriba rematadamente mal, cosa que dudo mucho.

—Usted, ni escribe bien, ni escribe mal, no se trata de eso, se trata de su actitud que no concuerda con la andrógina mayoría.

”El hombre inmune”, artículo nº. 29.

© José Javier Martínez Rodríguez

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