24 de diciembre de 2015

Eloy y Maricarmen, Maricarmen y Eloy, paseaban por la calle Preciados como una pareja más.  Cogidos de la mano deambulaban por la zona más comercial de Madrid, miraban escaparates y, de cuando en cuando, se sentaban en algún banco a descansar.  La tripa prominente de ella, sus piernas hinchadas y el cansancio acumulado habían dicho Basta y caminar unos metros hasta el banco siguiente se había convertido en una tortura imposible de tolerar.
luces-de-navidad-preciados-madridMaricarmen y Eloy, Eloy y Maricarmen vivían en la calle pero nadie lo sabía, les daba una vergüenza atroz.  En un arranque de dignidad se conjuraron para evitar darle pena a nadie y, desde unos meses atrás, caminaban todo el día por la ciudad aparentando una normalidad inexistente.  Desarrollaron una especial habilidad para proveerse de ropa cedida “involuntariamente” por grandes almacenes y se alimentaban a diario haciendo un sofisticado arte de la práctica del “simpa”.
Afortunadamente, una ciudad como Madrid, está sobrada de establecimientos para ambos menesteres y no habían repetido dos veces en el mismo sitio.
Eloy y Maricarmen, Maricarmen y Eloy, eran víctimas de un Sistema cruel que les dejó, literalmente, abandonados a su suerte.  Vinieron de Ecuador acompañando a sus respectivas familias en la época de las vacas gordas siendo unos adolescentes.  Trabajaron como posesos en cuanto tuvieron edad para ello y, cuando se conocieron, supieron que estarían juntos el resto de su vida.  Alquilaron un piso y las cosas les iban razonablemente bien hasta que todo se vino abajo.  Perder el trabajo fue la puerta de entrada en una espiral desgraciada que se tradujo en la no renovación del permiso de residencia, la pérdida de la cobertura sanitaria y, por último, hacía ya seis meses, desahuciados del pequeño piso que compartían en un barrio humilde.  Sus familias encontraron dinero para volver a Ecuador y ellos se vieron varados en medio del inhóspito desierto al que derivó su vida.  Agotado el paro, los escasos ingresos que lograban fregando portales o recogiendo cartones daban solo para comer malamente e invertir unos euros en anticonceptivos fue un gasto superfluo del que debieron prescindir.  El amor hizo el resto.
Aunque Maricarmen y Eloy, Eloy y Maricarmen, habían hablado de ello muchas veces y deseaban tener familia, eran lo suficientemente responsables para entender que no era el momento ni el lugar ni la situación.  La dolorosa alternativa era un aborto.  Exploraron sus opciones y fue imposible; el sistema público de salud les estaba vedado y, para acudir a la solución privada, incluso clandestina, necesitaban un dinero del que carecían.  La naturaleza siguió su curso en el peor de los escenarios. Las vacas flacas se habían declarado en huelga de hambre.
Maricarmen rompió aguas en la esquina de la Puerta del Sol y Eloy consiguió que, a regañadientes, un policía municipal avisara por radio al SAMUR, en cuya ambulancia, sin más testigos que los sanitarios, vio la luz un niño que se llamaría Jesús.
¿Es esto un cuento de Navidad?

Fermín Álvarez

Aspirante a escribir y protagonizar mi propia vida, me conformaría con tener una frase. Además, soy Donante de Pelo.

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